La Calle de las Barras

La Calle de las Barras - Historias, Leyendas y Mitos de Saltillo

De Froylán Mier Narro

Es cierto que las leyendas contienen mucho de verdad. Debió ser sencillamente hermoso vivir hace tres siglos en la Villa de Santiago
del Saltillo.

Los cuentos de la abuela, que ella a su vez había escuchado referir cuando era niña, al lado del brasero familiar en cuyas ascuas se ponía un objeto de fierro cualquiera y unas cáscaras de naranja para evitar los gases nocivos, han pasado de generación en generación, y hoy el progreso de los tiempos actuales los divulga sin que hayan perdido el sabor que tuvieron antaño.

Cuéntase que allá por los años del Señor, de mil seiscientos y pico, cuando los conquistadores habían apenas sometido a los
indios huachichiles y borrados que habitaban en los alrededores de las nuevas villas española y tlaxcalteca, entre las calles recién
formadas, que improvisados constructores habían trazado torcidas y angostas, como hasta hoy se conservan, sin que el paso de
los años haya podido variar su estructura, había una que la voz popular llamó “Las Barras”, y que ha sido rebautizada en épocas
posteriores con los nombres de héroes correspondientes a las diversas etapas de la política nacional.

La calle de Las Barras, que hace algunos años se llamó del Oratorio y ahora es Múzquiz, recibió su nombre primitivo tan
original y tan extraño, a causa de una romancesca historia de amor, poder y riqueza.

En su porción comprendida entre las calles de Landín y la Purísima, hoy Allende y Zaragoza, vivía una familia española procedente de Real de Catorce, que había venido a radicar a la Villa de Santiago del Saltillo. Mineros, agricultores, oficiales en comisión del gobierno virreinal, la tradición no lo puntualiza; pero sí personas distinguidas y opulentas, comoquiera que las damas, entre las cuales sobresalía una moza, casi una niña, de excepcional hermosura, vestían con elegancia y señorío, y los caballeros tenían porte y modales de personajes de alcurnia.

Un día llegó a la Villa de Santiago del Saltillo un grupo de soldados de los tercios del rey, y con ellos un capitán apuesto y galante, a quien todos trataban con deferencia y respeto. La imaginación popular le hacía descendiente del conquistador don Francisco de Urdiñola, nieto del adelantado don Francisco de Ibarra, y hasta pariente muy próximo del Virrey de la Nueva España. Se decía que desempeñaba en las Provincias Internas una delicada misión militar y política; que venía a recibir la gubernatura del Nuevo Reino de León; que traía cédula real para emprender exploraciones y conquistas en el Norte desconocido, y otras personas, desmintiendo tales rumores, aseguran que era un rico mayorazgo de la provincia de Charcas, que empleaba sus años mozos en el servicio del rey, para adquirir honores y merecimientos, satisfaciendo a la vez, el afán de aventuras características de la época, y que pasaba a estas tierras, en días de asueto, con el fin de conocer el mundo, matar osos y ciervos y mediante la caza de indios, aumentar el número de sus esclavos.

Nada se sabe de cierto, y ni siquiera ha conservado la leyenda el nombre y los títulos del mozo aventurero desvanecido ante su varonil apostura y ante el atuendo de su porte y de sus hechos que impresionaron de manera exclusiva la imaginación de la gente. Y sucedió que una tarde de agosto, dorada por los resplandecientes rayos del sol cercano al ocaso y humedecida por la lluvia reciente y pasajera, el mozo aventurero regresaba de una entrada en las tierras vecinas. Montaba brioso caballo alazán ricamente enjaezado; vestía armadura damasquinada y venía seguido de un grupo de gallardos jinetes que alzaban nubes de polvo con el braceo de sus cabalgaduras. Pasaba por la calle que después se llamó de “Las Barras”, y la hermosa doncella que había venido del Real de Catorce se hallaba en la ventana atraída por aquel tropel inusitado en el tranquilo silencio de su barrio. El mozo la vio; alzó la visera sobre el casco adornado de plumas blancas y rojas; las miradas de ambos se cruzaron en repentino relámpago y el amor prendió de improviso en sus corazones, con la presteza que solía emplear en aquellos tiempos de pasiones vivas e idealismo ingenuos. Él, retardando el paso del caballo, volvió repetidas veces el rostro para ver a la gentil criatura. Ella permaneció en la ventana, hasta que la cabalgata dobló la próxima esquina.

De los paseos por la calle, se pasó a las misivas escritas en papel celeste de filos dorados; de las misivas a las poéticas entrevistas por la reja; a las altas horas de la noche, y enseguida, a las relaciones formales autorizadas por los padres de los enamorados. Y comenzó a correr por la Villa de Santiago del Saltillo la novedad de la boda, que por singulares circunstancias del caso, era un suceso que rompía la monótona tranquilidad de la vida provinciana, con  singulares detalles de perfil novelesco.

Y una tibia mañana de Otoño, la totalidad de los habitantes de la villa se apiñaban en la calle donde vivía la novia para presenciar el paso de la gentil pareja hasta la capilla de Las Ánimas, donde irían a recibir la bendición nupcial y quedar unidos para siempre.

Se tendieron sobre el pavimento, en todo el espacio de la casa a la iglesia, finos tapetes de Persia, sujetos con gruesas y lucientes barras de plata, para que el viento no las moviese. Las puertas y ventanas de la casa, abiertas de par en par, ofrecían a los ojos de la muchedumbre curiosa, artísticos muebles, cortinajes guarnecidos de oro y en tibores de China, profusión de flores aromadas. Sonaba suavemente una música de cuerda y entraban y salían sujetos de todas cataduras, ministriles afanosos y personajes ataviados con severos trajes civiles o brillantes uniformes militares. Se oyó la llamada presurosa de las campanas de la capilla de Las Ánimas, subió el tono de las notas musicales, y los novios salieron seguidos de un numeroso cortejo de caballos y damas suntuosamente ataviadas.

Calzas y ropilla con ferresuelo de fino velludo carmesí, gorra de lo mismo adornada con plumas rojas y blancas sujetadas con un broche de diamantes, y espadín de áureo puño incrustado de piedras preciosas, realzaban la gallardía del mozo y la majestad de su porte. Ella apareció toda blanca muellemente arrebujada en el rico brocado que traía del Oriente remoto la Nao de China; abultadas las mangas y ahuecada la falda, guarnecidas de encajes y perlas;  prendido a la frente, por diamantina corona, el velo de seda que se le derramaba por los hombros y espalda, como un sutil oleaje de espuma. Y la humildad de sus ojos y la palidez de su rostro contrastaban con la regla de opulencia de su atavío.

Concluyó la ceremonia; los desposados volvieron por el mismo camino cubierto de orientales alfombras, seguidos del mismo cortejo y entre la compacta valla de gentes curiosas. La servidumbre levantaba tras ellos los tapetes y las barras de plata y cuando éstas fueron depositadas, como brazadas de leña, en los umbrales de la casa un sujeto de noble presencia habló cortésmente a los curiosos, y en nombre de los desposados, les repartió los valiosos lingotes.

Y así fue entonces como la calle recibió el nombre de “Las Barras”.


Leyendas de Saltillo

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