El Pozo de los Caballos – Leyenda de Saltillo

De Froylan Mier Narro

A unos doscientos metros al sur del puente del Dos de Abril, en el arroyo de las barrancas, situado al oriente de la ciudad de Saltillo,
existió hasta hace algunos años un pozo que el vulgo bautizó, como antaño se acostumbraba hacerlo, con el nombre de “El pozo de los caballos”, porque a él llevaban los cocheros a bañar sus bestias de tiro,para que aparecieran tirando de los boguecitos, victorias o jardineras, limpias y lustrosas. Nadie más osaba bañarse en aquel pozo cuyas aguas, según era la fama, guardaban en su fondo un misterio.

En muchas ocasiones, el Juez de Barrio de los panteones, el Juez de Paz y otras autoridades dieron fe de misteriosos ahogados.

Aguas aquellas del Pozo de los Caballos, límpidas y tersas, de suave tranquilidad y sublime indiferencia, que reflejando el azul del cielo ocultaban en el fondo los tentáculos de un demonio insaciable de tragedia. Se cuenta que temerarios bañistas sucumbieron al ser arrastrados y sumergidos por aquel impenetrable misterio, a pesar de su destreza y habilidad, apareciendo después sobre la superficie los cuerpos inermes y rígidos, ahogados por nunca se supo qué causa.

Muchos perecieron ahí. Las gentes que conocieron aquel pozo lo veían con horror, le temían y varias leyendas quedaron en él.

Refiere la conseja que aquel pozo no fue elaborado por la naturaleza, sino que fue hecho con toda intención por un maligno espíritu, para que le sirviera de trampa y cayeran en él los que retaban con temeraria intrepidez aquella parte de sus dominios.

Existen aún por aquel rumbo, ancianos trabajadores de ladrillera, areneros, caleros o lavadores de cascajo, que conocieron el pozo de los caballos en su apogeo como segador de vidas humanas.

Cuenta uno de aquellos trabajadores, don Anselmo Valero, que una ocasión estaba cribando arena a unos 100 metros del pozo, poco tiempo después de haberse visto caer una lluvia por el rumbo de La Encantada, cuyas avenidas bajaban y bajaban por el arroyo de las Barrancas, y vio que al pozo se acercan dos mozalbetes de humilde presencia, pero robustos, sanos y fuertes.

Tuvieron éstos breve discusión, relacionada, se supo después, con una apuesta para deslindar quién duraría más en el fondo del Pozo de los Caballos, y enseguida los dos se desvistieron, y al mismo tiempo, se tiraron de “clavado” al charco.

Esto pasaba muy cerca del mediodía, en pleno verano. El sol brillaba sobre la superficie al parecer tranquilo de las aguas del pozo, pero cuyo fondo siempre ávido de tragedia demostraba una vez más el  poder de su fatídica atracción, pues diez minutos después aparecieron flotando los dos cadáveres de los intrépidos bañadores.

Don Anselmo corrió a dar parte a la autoridad, que llegó representada por dos gendarmes de caballería, con una camilla, donde pusieron a los muertos.

Don “Tacho”, que así cariñosamente se llamaba a don Anselmo Martínez, viejo mayordomo de la ladrillera, refiere también una de tantas y trágicas muertes ocasionadas por el Pozo de los Caballos.

La curiosidad de dos muchachos de la escuela Nº.1 en una tarde de “venada” –dice– fue tanta por lo que se decía del Pozo del Arroyo de las Barrancas, que fueron a él, y empezaron por echar ”patitos”, sin la menor intención de bañarse en sus aguas; pero los dos muchachos fueron atraídos por ellas y los dos cuerpos con sus vestidos completos fueron encontrados unas horas después, ahogados y flotando macabramente sobre las barrosas aguas del  Pozo de los Caballos. Dice don Tacho que la madre de uno de ellos, casi en estado de locura, prometió terminar con aquella fatídica trampa de agua y así lo hizo. Cuando fue pasando la estación de  las lluvias y las corrientes, dejaron de bajar por el Arroyo de las Barrancas. Ocupó cinco hombres en la obra, y con botes y tinas, como quien saca agua de una noria, empezó a vaciar el siniestro pozo, hasta que después de arduo trabajo, logró descubrir el fondo, que tenía una forma desconcertante para ser obra de la naturaleza, pues figuraba perfectamente en una profundidad de tres metros, un enorme cono invertido, donde según la gente imaginativa, se formaba el remolino del demonio para atraer a sus víctimas. La madre de aquel muchacho ahogado continuó con la obra y se dio a la tarea de rellenar aquel hueco con piedras y ramas, y es ahora uno de los tantos charcos, sin que conserve el misterio entrañable y trágico que antes tenía. Una cruz hecha de pino fue colocada en un montón de piedras en medio del charco por aquella señora; pero tal vez las avenidas o la gente quitaron la cruz, y ya no existe el Pozo de los Caballos más que en el recuerdo de su tétrica leyenda.

  (1904)

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  • Juan de la Cruz Gonzalez

    Cuando puedas visita el libro; Un Paseo por el Valle del Saltillo, de un servidor, ahi encontraras mas temas de Saltillo, Saludos.

    • http://www.DeSaltillo.com DeSaltillo

      Gracias por tu Comentario y Visita, Juan.
      Te acabo de enviar un Correo Directo haciendote una propuesta…
      Saludos!

  • http://facebook.com/profile.php?id=100003111112861 Roberto Oyervides

    yo lo conoci con el nombre del pozo azul