El Callejón de la Llorona

callejondeladelgadina

De  Froylán Mier Narro

La conseja de La Llorona es quizá más antigua que el descubrimiento de América, si es que hemos de dar crédito a los más grandes historiadores de México, quienes al descifrar o traducir los códices mexicanos y escudriñar los viejos pergaminos, dicen que aquel ánima de lúgubres gemidos ha ido encarnando en varias mujeres
de nuestra historia mitológica.

Sahagún habla en su Historia de una Diosa Cihuacoatl, la que aparecía muchas veces con atavíos de los que se usaban en el palacio Azteca, y que de noche bramaba y voceaba en el aire.

“La tradición dice que a la llegada de los conquistadores castellanos y tomada ya la ciudad Azteca por ellos; y muerta ya Doña Marina, la Malinche, contaban que ésta era ‘La Llorona’, que venía a penar del otro mundo por haber traicionado a los indios de su raza, ayudando a los extranjeros para que los sojuzgasen”. Así escribe don Luis González Obregón.

Después de presentar en parte, el ánima que sirvió a las abuelitas para dormir pronto a sus nietecillos, habrá que decir que para entrar
en nuestra leyenda, que todavía hace cien años, el fantasma blanco, de rostro cubierto por tenue velo, según el decir de las gentes, existía en los pueblos pequeños, asociado a los crímenes pasionales.

A los habitantes de Saltillo, también les tocó saborear amargamente las apariciones de “La Llorona”, sobre las gruesas barandillas de los puentes de Tacubaya y Gómez Farías, sobre los tejados y hasta en el pavimento del callejón que llevó su nombre, como una vaga sombra que después de prolongado lamento, desaparecía misteriosamente, esfumándose en el arroyo.

Viven aún por los barrios de “Tacubaya”, “El Águila de Oro”, “Bucareli” y “Gómez Farías”, ancianos que conocen esta leyenda y que aseguran haber visto con sus propios ojos y escuchado con sus propios oídos, el fantasma de la túnica blanca y de los lastimeros lloridos.

“Yo la vi volar –dice doña Cruz Martínez, que tiene noventa y cuatro años de edad–. La vi deslizarse de un puente a otro a la media noche”.

Otros viejecillos aseguran lo mismo; pero el Chino García, de oficio tejedor de frazadas, cuyos hijos viven aún, relataba la aparición de La Llorona, a causa de una aventura de amor, truncada por el destino.

Es a Cruz Martínez, a quien vamos a dejar el relato que a ella le hiciera el Chino García.

Entre enredaderas de San Diego y yedras, como un nicho de verde musgo, se distinguía la casita de don Zacarías Flores, hortelano en varias huertas del rumbo.

Viudo desde hacía tiempo, a consecuencia de una centella que mató a su mujer en la casita de las enredaderas, metida en el arroyo, con su única hija de quince abriles.

Paula era el nombre de la moza a quien el vecindario cariñosamente llamaba Pablita. Humildemente vestida, pero con castidad y limpieza, era buscada por las muchachas de su edad para pasearse por las oscuras callejas, solamente hasta las ocho y media de la noche, hora en que la iban a dejar a la puerta de su casa, para no exponerse a los atrevimientos de los borrachines que salían blasfemando de las pulquerías y cantinas cercanas.

En varias ocasiones, ya al oscurecer, las muchachas se encontraban paradas en la esquina de una de las calles inmediatas, a un joven de regular vestir, que les dirigía miradas insistentes cada vez que pasaban. Ninguna de ellas sabía a quién; pero pocos días más tarde lo vieron en la puerta de las enredaderas entregando una carta a Pablita, que desde entonces quedó prendada del muchacho sabiendo después que su oficio era herrero artesano, y que él y su padre tenían fama de ser, en la ciudad, los mejores forjadores de barandales y ventanas de tipo colonial.

Los amoríos siguieron su curso normalmente y unos cuantos meses después de la promesa de matrimonio, se fijó la fecha de la ceremonia, siendo el 7 de agosto.

Corría el mes de julio en sus últimos días. Ya todo estaba listo para el casamiento: había circulado la noticia en todo el vecindario en el que todos los días se comentaba la proximidad del casamiento y se hacían votos por la felicidad de Pablita, a la que profesaban singular cariño por sus buenas maneras, sencillez y carácter dulce y atractivo.

A la mejor modista de la villa se le había encomendado la confección de los arreos matrimoniales. Cuando éstos estuvieron en poder de Pablita, recibía ésta frecuentes visitas de sus amistades, que la felicitaban por la elegancia del vestido, de la corona de azahares, del vaporoso velo y las blancas zapatillas de cabretilla importada.

Para aquel entonces, ya se verificaban en la Capilla del Señor, las funciones tradicionales del Santo Cristo el 6 de agosto, a las que como ahora, concurría gente humilde de todos los ranchos circunvecinos.

Pedro Herrera, que así se llamaba el novio, fue invitado por otros amigos, para que la víspera de sus desposorios se tomaran unos pulques en los puestos de la fiesta del Señor.

Pedro no tuvo inconveniente en aceptar, pues no era vicioso, pero sí correcto, y a la hora que se proponía dejaba a sus amigos en la parranda y se retiraba a su casa. Pero el 6 de agosto, entre los amigos que lo invitaron, vio a dos desconocidos de nombre, cuyas fisonomías tenía la certeza de haber visto antes en alguna otra parte; hizo poco caso de aquellos y después de algunos jarros de pulque y algunos tacos y enchiladas, pasaron a los mezcales.

Pedro casi perdió el conocimiento con las frecuentes libaciones de néctar del maguey y aquellos desconocidos se ofrecieron a llevarlo para su casa en un cochecito.

No fue a la casa de Pedro a donde lo llevaron, sino que, llegando al puente de Gómez Farías, pararon al cochero, se bajaron por la empinada vereda hasta el arroyo, llevando a cuestas a Pedro, y allí abajo, fenomenalmente, lo cosieron a puñaladas, causándole la muerte instantánea. En seguida fueron y adosaron el cadáver en la puerta de las enredaderas y muy tranquilos abandonaron el lugar.

Más temprano que nunca se levantó Pablita el 7 de agosto, día en que iba a convertir en realidad su más hermoso sueño. La gente que pasaba por enfrente de la casa, no se daba cuenta de lo que había en la puerta, pues siendo temprano, no había luz suficiente. Además las enredaderas cubrían la puerta con su sombra.

Pablita se dirigió al zaguán que daba al arroyo: quitó el tablón que servía de tranca a la puerta, y al abrir ésta, el cadáver de Pedro casi cayó en sus brazos. Ella, al reconocerlo con la ropa ensangrentada y al ver el charco de sangre en la entrada, prorrumpió en lastimero y prolongado grito, que por mucho tiempo resonó en los oídos de quienes lo escucharon.

Al grito se levantó el viejo hortelano, padre de la joven… ¿y cuál no sería su espanto al contemplar el cuadro que estaba ante sus ojos? Pablita estaba sin sentido, tirada en los ladrillos y el cadáver de Pedro a unos cuantos centímetros de ella, casi sobre su cuerpo.

Momentos después, el zaguancito se llenó de curiosos. A Pablita ya la habían levantado y puesto en su casa, donde las vecinas hacían sus esfuerzos por volverla de su desmayo, lo que lograron minutos más tarde.

Pablita quedó en un estado desastroso de nervios y físicamente deprimida. Y conforme pasaban los días, su afección se iba recrudeciendo, hasta que ya sin poder resistir su rara enfermedad ocasionada por la terrible sorpresa que había recibido, murió, y fue vestida con el traje, corona y demás adornos que tenía para su matrimonio.

Después se supo quiénes habían sido los autores del crimen, pues se investigó minuciosamente, y de las pesquisas resultó que uno de aquellos que se habían ofrecido para llevar a Pedro a su casa amaba en secreto a Pablita, sin ser correspondido y estaba resuelto a que ésta no se casara con nadie si no era con él.

Fue aprehendido y castigado duramente. En los viejos archivos judiciales se guarda la causa instruida contra el morboso asesino.

Murió en la prisión atormentado, según dicen, por los remordimientos y sólo queda de esta leyenda la doncella vestida de blanco, que con su velo y corona matrimoniales, llora sobre el arroyo del callejón que se llamó por eso de “La Llorona”.

 


Leyendas de Saltillo

  • http://facebook.com/profile.php?id=100002599825067 Marisela Guerrero

    emocionante historia gracias

  • http://facebook.com/profile.php?id=100003308020314 Analy Zamora

    estas cosas no pueden ser ciertas, en la biblia dice que los muertos se van al hades y ellos no tienen coinciencia de nada estan dormidos esperando la resurreccion

  • http://facebook.com/profile.php?id=100003308020314 Analy Zamora

    estas cosas no pueden ser ciertas, en la biblia dice que los muertos se van al hades y ellos no tienen coinciencia de nada estan dormidos esperando la resurreccion

Unéte a Nosotros en Facebook

7ads6x98y